Porque sé que el infierno no estaba en las clases de Religión, ni de Formación Humana; no, estaba ahí en mi sala con Raúl, Karla y Pollo; el infierno estaba dormido en mi planta superior dormido con Valeria, Ciro y Brenda; estaba a 12 kilómetros de distancia en el auto de German; estaba en Huatulco con Benjamín y mis padres; estaba colgado en la pared del estudio con mi foto y la aprobación de la Secretaría de Educación Pública, estaba en la tormenta de cuatro años infructuosos. El infierno estaba presente en mis manos que teclearon resúmenes y ensayos durante ocho semestres; en mis tenis que cambié por zapatos para verme más formal; estaba en mis dos tallas que aumenté por la cerveza de cada tres días; estaba en las estrías de mis bíceps porque dejé de cargar mancuernas de 15kilos todas las tardes; estaba en mis shorts y playeras de fútbol, estaba en mi uniforme de desempleado; estaba en las canciones del iPod; estaba mi celular sin crédito; estaba en mi agenda de puesto de becario; estaba en los boletos del metro; estaba en mi insomnio. El infierno estaba en aquella noche que por culpa de Raúl y Karla conocí a Valiera y mi vida cambió; estaba en cada minuto y no había forma de abandonarlo. Porque a final de cuentas, el infierno era yo. Yo era el cobarde que no aceptaba esta vida sin metas a corto plazo. Hasta el cielo sabía que era miserable. Pero no era por la vida inútil de Diego Santana, mi vida que no era vida, no…
A ver, ahora viene una revelación.
Deja de respirar y sólo lee.
No, era porque ya había perdido la capacidad de disfrutar los detalles más absurdos. Mi enojo y rabia eran mayores a las endorfinas que producía mi cerebro ante las bromas homofóbicas de Pollo o los sarcasmos de Raúl. Todo es miserable, todo se me hace poco, y no lo soporto. Pero es la vida y es lo que tengo. Ah, y esto no es algo que acabo de descubrir mientras me enchilo con unas palomitas con exceso de Valentina que me dio Atenea; no, esto ya lo sabía desde hace unos días, y no hubo una epifanía que me orilló a descubrirlo. No, simplemente lo sentí y con eso bastaba…
No hay forma de apagar el infierno. Y cómo duele, mis queridos amigos, porque al final todos se irán. Mañana todos se van a ir y sólo voy a quedar yo, mi soledad, mi dolor, la Súpermega Ofensa con Valeria, mi Goleo de libro (990ml), mis endorfinas suicidas, y mi foto tamaño título orinándome mientras limpio esta pocilga de cenizas, vasos rotos y botellas vacías. Pero yo seguiré a la expectativa, hasta que el lunes al medio día, me meta a mi mail (diegoylasonora@hotmail.com) y descubra una entrevista en mi agenda… o simplemente, todo siga todo igual.
Ah, casi se me olvidaba.
Quiero pensar que se dieron cuenta de algo: Valeria también narra este libro.
Pero no sé qué partes y no sé si tiene mucha participación.
Porque como lo dije es mi libro.
Y yo lloro si quiero.
Pero es mentira: este libro es de, y para ella.
Así que no se sorprendan si de vez en cuando aparece una voz femenina.
Sé que así lo hubiera querido ella: tener participación directa en la hecatombe que provocó.
También hubiera querido que supiera que si esto fuera Matrix (y no una serie que tratara sobre nada, como Seinfeld), ella decidió tomar la pastilla azul y quedarse en una realidad superficial. Una realidad que no es la que tenía, ni teníamos destinada. Una realidad a medias, una realidad que no existe.
Por eso decidió quedarse con la pastilla y no se durmió en mi cuarto.